Silencio, voces, mas voces, murmullos,
después, tranquilidad, un aparente estado de reposo pero de repente
la gente regresa, vuelve y en un segundo todo se repite día a día, es entonces
cuando cualquier aparente parsimonia se quiebra como un débil cristal.
Yo los observo desde el viejo sillón y veo la serenidad, la desesperación en sus rostros, cada uno con un sentimiento propio y un objetivo particular; parezco invisible para ellos, lo cual no me desagrada, me complace saber que ellos actúan naturalmente sin reparar en mi, como una hoja lenta que cae de un árbol sin pensar en quien la observa danzar en el aire y que no es percibida por casi nadie debido al numero de hojas que a diario se desprenden de la rama que las sostiene y mantiene con vida, definitivamente prefiero la poca atención, no me gustaría ser como una abeja que con su zumbido atemoriza a la posible víctima.
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